Atraídos por la pompa y el esplendor de la Corte, fueron llegando a Madrid multitud de personas de todo tipo, origen y condición (funcionarios, pretendientes, religiosos, ganapanes, mercaderes, vendedores, comerciantes, soldados, nobles, dignatarios políticos, embajadores y gente común).
Su paso por la ciudad o su permanencia en ella - unido a las ventajas de un clima benigno y soleado - contribuyó poderosamente a intensificar la vida en las calles, lugar donde se escenificaba el drama de la existencia cotidiana y donde se desarrollaban buena parte de los ocios y negocios capitalinos, impregnando a la ciudad de un inusual dinamismo.
Esta circunstancia no pasó desapercibida a los escritores, que desde Lope de Vega hasta Francisco Umbral (por poner sólo dos ejemplos) convirtieron la incesante algarabía de Madrid en protagonista de sus novelas o de sus crónicas urbanas; en todas ellas se advierte la importancia que fue cobrando la calle en la vida social de los madrileños, siempre dispuestos a reunirse de noche a la puerta de su casa para tomar el fresco o a debatir sus asuntos y los ajenos en las plazas.
Cruce de caminos y límite de la ciudad, la Puerta del Sol se convirtió primero en paso obligado de todas las comitivas, carreras y cortejos oficiales que atravesaban Madrid; después, y poco a poco, empezó a rivalizar con la Plaza Mayor hasta robarle el protagonismo ostentado durante años, para quedar relegada finalmente ante el empuje de los nuevos barrios del ensanche y el consiguiente desplazamiento de los centros de gravedad madrileños. Pese a todo, la Puerta del Sol nunca perdió protagonismo artístico y literario, centrado éste en su bullicio, sus tiendas y el constante ir y venir de sus gentes, que causaron el asombro y la admiración de escritores tales como Edmundo de Amicis o Ramón Gómez de la Serna.